lunes, 14 de septiembre de 2026

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Nacional

La independencia alimentaria se siembra con maíz nativo y tequio

Maíces nativos de distintos colores y manos de una comunidad que seleccionan semillas en una milpa mexicana.

México puede celebrar su independencia con banderas, murales y discursos sobre el maíz, pero una parte de ese alimento llega a la mesa después de cruzar fronteras. La tortilla que acompaña las fiestas patrias también está expuesta a cosechas, precios y decisiones comerciales que se forman fuera del país.

La dependencia se vuelve visible cuando se observa la distancia entre lo que se consume y lo que se cosecha dentro del territorio. El faltante se cubre con compras al exterior sujetas al tipo de cambio, los costos de transporte y las condiciones del mercado internacional. Una sequía, un arancel o una interrupción logística en otro lugar puede terminar presionando el precio de la canasta básica mexicana.

El problema no se reduce al volumen disponible. También importa quién produce, quién compra y quién conserva el margen. El pequeño productor enfrenta insumos más caros, rendimientos variables y una cadena de intermediación que con frecuencia deja poco espacio para recuperar el trabajo de la parcela.

En ese escenario, el maíz nativo sobrevive gracias a comunidades que conservan semillas adaptadas a sus suelos, climas y formas de cultivo. Esa diversidad no es una pieza de museo: es una reserva viva para enfrentar cambios en el clima, enfermedades y necesidades alimentarias distintas. Su permanencia depende tanto del conocimiento campesino como de las condiciones económicas para seguir sembrando.

El tequio ofrece una respuesta que no cabe en una consigna. Es el trabajo colectivo con el que una comunidad puede preparar una parcela, reparar un camino o levantar una obra de uso común. Las herramientas se comparten, las tareas rotan y la obligación se sostiene en la reciprocidad: hoy se ayuda a una familia porque mañana la comunidad también estará presente en su terreno.

Aplicado a la agricultura, ese principio reduce costos y distribuye capacidades. La siembra y la cosecha dejan de ser asuntos aislados; se convierten en una responsabilidad compartida, con alimentos para la jornada y conocimiento que pasa de una generación a otra. No sustituye la inversión, la asistencia técnica ni una política pública, pero puede hacer posible que el trabajo continúe cuando el capital no alcanza.

La independencia alimentaria tampoco significa cerrar el país ni negar el intercambio. Significa que las comunidades tengan margen para decidir qué sembrar, que las semillas nativas no desaparezcan y que el mercado local pague un precio capaz de sostener a quien produce. Comprar sin mirar el origen puede abaratar una operación inmediata, pero también puede debilitar la base productiva que se necesitará en la siguiente crisis.

Para que esa autonomía sea duradera hacen falta almacenamiento, caminos, crédito adecuado, investigación y reglas de comercialización más justas. También hacen falta consumidores dispuestos a reconocer el valor de un maíz que no sólo se mide por toneladas, sino por su adaptación al territorio, su diversidad y el conocimiento que conserva.

El nacionalismo de escaparate termina cuando se apagan las luces de septiembre. El orgullo que produce efectos está en la parcela, en la semilla seleccionada a mano, en la herramienta que circula entre vecinos y en el mercado que permite que el ingreso permanezca cerca de donde se generó.

El día en que México pueda sostener una mayor parte de su alimentación con lo que México siembra, el Grito de Independencia dejará de ser sólo una conmemoración. También será un inventario de semillas, trabajo comunitario y capacidad para decidir qué se produce y cómo llega a la mesa.