Por Juan Pablo Ojeda
La Ciudad de México ha despedido a Eduardo Lamazón, un hombre que personificó la simbiosis cultural entre Argentina y México a través de la épica del boxeo. Con su fallecimiento a los 70 años, desaparece un intelectual de la crónica deportiva que supo elevar el análisis de los golpes a una categoría académica. Lamazón no solo contaba peleas; desentrañaba la naturaleza humana detrás del atleta con la precisión de un historiador y la pasión de un cronista rioplatense.
Nacido en Buenos Aires en 1956, Lamazón representó la diáspora de talento que enriqueció a las instituciones mexicanas en el último tercio del siglo XX. Su llegada en 1979 fue el inicio de un romance con una nación que, según sus propias palabras escritas en vida, le otorgó un sentido de pertenencia absoluto. Su formación en los diarios argentinos le dio la base humanista necesaria para entender que el boxeo es, ante todo, un fenómeno sociológico de resistencia.
El prestigio de Lamazón se cimentó en la elegancia de su lenguaje y la profundidad de sus antecedentes. Fue un puente entre dos mundos: el del boxeo clásico de Carlos Monzón y el de la modernidad televisiva de Julio César Chávez. Al trabajar en Francia y conocer a José Sulaimán, Lamazón se insertó en el corazón del Consejo Mundial de Boxeo, aportando una visión cosmopolita a un organismo que buscaba expandir su influencia global desde territorio mexicano.
En la cultura popular, su nombre quedó sellado por el rito de «La Tarjeta de Don Lama». Este ejercicio no era solo estadístico, sino una lección de apreciación estética y técnica sobre el cuadrilátero. Lamazón educó el oído y la vista de millones de mexicanos, enseñándoles a distinguir entre la agresividad inútil y el arte de la defensa, dignificando así un deporte muchas veces estigmatizado por su violencia intrínseca.
Su participación en Box Azteca a partir de 2002 redefinió la narrativa de la Liguilla del Boxeo. Junto a Carlos Aguilar, creó un código de comunicación que trascendió la pantalla, convirtiéndose en parte del léxico cotidiano del mexicano. Su famosa tarjeta era esperada con la misma ansiedad que el resultado final, pues representaba la opinión de un hombre que había dedicado su vida a estudiar la anatomía de la victoria y la derrota.
El mensaje que dejó para ser publicado tras su muerte es un testamento de gratitud hacia México. En él, resalta la calidez humana y el respeto que recibió, factores que lo retuvieron en el país durante más de 50 años. Esta integración exitosa es un caso de estudio sobre cómo la identidad se construye a través del trabajo y el intercambio de conocimientos entre las naciones de América Latina, siendo Lamazón un embajador permanente del boxeo regional.
Hoy, la cátedra de Don Lama queda vacía, pero sus textos y análisis permanecen como consulta obligada para entender la historia del deporte en México. Su fallecimiento es lamentado por colegas de todo el continente, quienes reconocen en él a un maestro que nunca abandonó el rigor del dato ni la calidez del análisis. Eduardo Lamazón se marcha dejando un mapa claro sobre cómo se debe ejercer el periodismo con dignidad y conocimiento de causa.












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