La natación en aguas abiertas vive un auge en distintas partes del mundo gracias a sus beneficios para el bienestar físico y emocional. Cada vez más personas eligen nadar en ríos, lagos o playas como una forma de hacer ejercicio, reducir el estrés y conectar con la naturaleza. Sin embargo, especialistas en salud ambiental advierten que estos espacios también pueden esconder riesgos invisibles que ponen en peligro la salud de los bañistas.
En países como Reino Unido, Estados Unidos y Australia, esta práctica ha ganado gran popularidad durante la última década. Una revisión científica publicada en Scientific Reports en 2023 señaló que nadar en entornos naturales puede favorecer la salud mental, disminuir los niveles de estrés y generar una mayor sensación de bienestar. No obstante, esos beneficios pueden verse opacados cuando la calidad del agua se deteriora por factores ambientales o por contaminación.
Uno de los principales problemas es que las condiciones del agua pueden cambiar en cuestión de horas. Las lluvias intensas suelen provocar el desbordamiento de sistemas de alcantarillado, además de arrastrar residuos agrícolas, desechos urbanos y otros contaminantes hacia ríos, lagos y zonas de baño.
De acuerdo con Isabel Douterelo Soler, profesora titular de la Universidad de Sheffield, este tipo de episodios puede volver microbiológicamente inseguras las aguas durante un periodo de hasta 72 horas. Cuando los sistemas de drenaje se saturan, las aguas residuales pueden mezclarse con los cuerpos de agua naturales, incrementando la presencia de microorganismos capaces de causar enfermedades.
Incluso en ciudades que han realizado importantes inversiones para mejorar su infraestructura hidráulica, el problema no desaparece por completo. Obras como el conducto Tideway de 25 kilómetros en Londres o el ambicioso proyecto de saneamiento del río Sena en París, que implicó una inversión cercana a los 1,400 millones de euros, han reducido parte del problema, pero los expertos coinciden en que las lluvias extremas y la escorrentía continúan representando una amenaza importante para la calidad del agua.
Las consecuencias para la salud pueden ser diversas. La exposición a agua contaminada puede provocar infecciones gastrointestinales causadas por bacterias, virus y parásitos presentes en el agua. Los niños son particularmente vulnerables, ya que durante el baño suelen ingerir mayores cantidades de agua, aumentando el riesgo de desarrollar enfermedades.
Otra de las infecciones que preocupa a los especialistas es la leptospirosis, una enfermedad bacteriana transmitida por el contacto con agua contaminada con orina de animales infectados. Esta enfermedad puede provocar desde fiebre y dolores musculares hasta complicaciones graves como daño hepático, insuficiencia renal o afectaciones en otros órganos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) advierten que el riesgo aumenta considerablemente después de lluvias intensas o inundaciones, especialmente en actividades recreativas realizadas en agua dulce.
Además, diversos estudios han identificado otro problema creciente: la presencia de bacterias resistentes a los antibióticos. Investigaciones realizadas por la Universidad de Exeter encontraron que los surfistas que practican este deporte de forma habitual presentan una mayor probabilidad de portar en su intestino cepas de Escherichia coli resistentes a estos medicamentos. Los especialistas consideran que parte de estas bacterias provienen de las plantas de tratamiento de aguas residuales, donde pueden sobrevivir y llegar posteriormente a los cuerpos de agua.
Las floraciones de cianobacterias, conocidas popularmente como algas verde-azules, representan otra amenaza importante. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), estas bacterias pueden producir toxinas capaces de provocar irritación en la piel y los ojos, además de causar daños hepáticos o neurológicos en situaciones poco frecuentes, pero potencialmente graves.
Su proliferación suele incrementarse durante temporadas de calor, especialmente en aguas tranquilas donde las altas temperaturas favorecen su crecimiento. El cambio climático ha contribuido a que estos episodios sean cada vez más frecuentes en diferentes regiones del mundo.
Uno de los mayores desafíos es que los sistemas actuales de monitoreo no siempre reflejan el riesgo real al momento de ingresar al agua. En Europa y Reino Unido, la clasificación oficial de las zonas de baño se basa en datos recopilados durante los últimos cuatro años, mientras que en Estados Unidos las pruebas para detectar bacterias fecales requieren entre 24 y 48 horas para ofrecer resultados. Esto significa que cuando una alerta sanitaria se emite, muchas personas ya pudieron haber estado expuestas a la contaminación.
Ante esta situación, los especialistas recomiendan tomar algunas precauciones antes de nadar. Una de las principales es evitar ingresar al agua durante varios días después de lluvias intensas, ya que es cuando existe mayor probabilidad de contaminación por aguas residuales y escorrentía.
También aconsejan observar cuidadosamente las condiciones del lugar. Si el agua presenta un color marrón, está muy turbia, desprende olores desagradables o muestra acumulaciones de algas, lo más prudente es no nadar.
Las autoridades sanitarias también sugieren cubrir cualquier herida o raspón con apósitos impermeables antes de entrar al agua y ducharse inmediatamente después de salir para eliminar posibles microorganismos adheridos a la piel. Si tras la actividad aparecen síntomas como fiebre, dolor de cabeza, diarrea o malestar general, es recomendable acudir al médico para recibir una valoración oportuna.
Los expertos consideran que el futuro de la natación en aguas abiertas dependerá en gran medida de la implementación de nuevas tecnologías capaces de monitorear la calidad del agua en tiempo real. Un informe elaborado en 2026 por la Universidad de Bangor y el Imperial College de Londres, dentro del proyecto Safer Blue Spaces Wales, plantea que el uso de sensores y dispositivos portátiles permitiría detectar patógenos y contaminantes directamente en las zonas donde nadan las personas, ofreciendo información mucho más precisa y útil para prevenir riesgos.
Mientras estas herramientas se desarrollan y amplían su uso, la mejor estrategia sigue siendo mantenerse informado sobre las condiciones del agua y tomar precauciones antes de disfrutar de una jornada de natación en espacios naturales.
